Aquienes transitan, al anochecer de los fines de semana o los feriados, por la zona norte de la ciudad, no puede menos que sorprenderlos gratamente el espectáculo de la plaza Urquiza. Su extensión se colma de gente de todas las edades, caminantes, sentadas en los bancos o en los juegos infantiles. Sin duda ayuda a todo esto la gran iluminación actual, que singulariza al paseo dentro de sus similares de la capital. Pero la concurrencia también revela una saludable disposición de la ciudadanía para gozar plenamente de esos espacios.

En efecto, durante muy largo tiempo nuestras plazas constituyeron el lugar de encuentro y de paseo por excelencia. No hay cronista del siglo XIX que no registre esa costumbre. Pero, cuando avanzaba la década de 1960, el hábito declinó rápidamente hasta desaparecer. El paseo central, la plaza Independencia, verdadera romería de sábados y domingos, se convirtió de pronto en un lugar de paso. Nadie lo usa para otros fines, lo que explica en parte que su crucero se haya transformado en deplorable puesto de venta ambulante. Tiene que producirse alguna concentración popular -de protesta, de entusiasmo deportivo, o por algún espectáculo de gran convocatoria- para que la gente vaya a esa plaza, o a las otras. Solamente en algunas localidades del interior se mantiene, no se sabe por cuánto tiempo, el uso tradicional.

Comentar que es una lástima que así ocurra, encierra algo más que una reflexión nostálgica. Sucede que las plazas fueron delimitadas para servir de punto natural de reunión de la ciudadanía, desde tiempos de la colonia: por eso estaban trazadas frente al Cabildo y a la iglesia principal.

En nuestro caso, la principal y por mucho tiempo única (llamada primero "plaza" a secas, luego Libertad y finalmente Independencia) en la última década del XIX fue acondicionada para paseo: se la arboló, se colocaron bancos, y hasta la rodeó mucho tiempo una cadena para protegerla de la incursión de animales. Ganó así la condición que la caracterizó durante tantos años. Y al delinearse otras plazas dentro del casco de la ciudad, ellas cumplieron el mismo propósito.

El abandono de la costumbre de frecuentar la plaza, sin duda se vincula mucho con la mutación de los hábitos sociales, asunto que linda, en gran parte, con el misterio y con el capricho. Pero también opera allí la frecuente indiferencia municipal en lo que a su cuidado y su atractivo se refiere. Una plaza iluminada con intensidad -como es la Urquiza actual- con sus instalaciones en óptimo estado, con atractivos como juegos infantiles o espectáculos musicales, y con la vigilancia debida, invita al vecindario a que la utilice y la disfrute. Y, en cambio, rechaza si está penumbrosa, con equipamiento deteriorado o sucio, cruzada por perros vagabundos, vendedores, mendigos o patotas.

En fin, es mucho lo que se podría hacer para que todas las plazas de la ciudad -empezando por la Independencia- se vuelvan tan atractivas como la plaza Urquiza y se colmen de gente. Dotarlas de gran iluminación, de atractivos y de seguridad, son temas del resorte de la Municipalidad y de la Policía. Pero también estará la acción que puede y debe realizar el ciudadano, en orden a la preservación de esos ámbitos. Es decir, tratar como corresponde sus instalaciones y evitar actitudes perjudiciales.

San Miguel de Tucumán cuenta con bellas plazas cuyo arbolado es representativo de su pródiga naturaleza. Sería bueno utilizarlas al máximo posible, como lo sugieren las características de nuestro clima, en todas las épocas del año.